domingo, 25 de septiembre de 2011

La historia de la patata.

Una patata. Nunca había pensado que una patata podría tener significado en su vida más allá que en un plato lleno de kétchup. Pero así fue, la historia de la patata. Y es que, aunque suene realmente absurdo, esa patata fue quien le cambio la vida.
Esa misma mañana, Africa había ido con su madre al mercado. Siempre le había gustado ir allí y envolverse con todos los olores de los puestos, con los gritos de los tenderos anunciando lo frescos que son los tomates de los Martes, con su gente, vengan de donde vengan, y hagan lo que hagan. Porque en el mercado, los días de verano por la mañana, hay cientos de historias, algunas cruzadas, y otras más lejanas. Hay historias humanas, de las que nos hacen débiles y fuertes a la vez. Que el pescadero no siempre había sido pescadero, sino que una vez llego a ser capitán de barco, que esa señora mayor que busca un céntimo en el último rincón de su monedero aún recuerda su primer amor y que, el de las verduras, como todos, aún tiene sueños a medias de cumplir.
Allí estaba ella, observando el bullicio, el viene y va de la vida. Las impaciencia y el no tener nada que esperar. Pero Africa, si que tenía algo por lo que esperar, y por si lo habíais pensado, no, no era una patata. Esperaba tener cosquillas, tener cosquillas en su corazón y aviones en su barriga. Esperaba sentir eso que leía en libros sobre cosas imposibles antes de irse a dormir. Quería aventuras que no la dejaran dormir por la noche de la emoción, que la alimentaran de alegría y nunca jamás volviera a tener hambre. Pero aquella mañana de verano,  aún tenía hambre, y allí, delante de un puesto de verduras y hortalizas, un hombre con bigote y aspecto amable le vendía a su madre medio kilo de patatas que ella ya se estaba imaginando en la sartén y al punto de sal.
Y como el mercado está lleno de historias, esas patatas no podían ser menos. En concreto una de ellas. Fue así como empezó todo, cuando una vez en casa, Africa  ayudo a su madre a colocar la compra. Colocaba las patatas cuidadosamente sobre una cesta que había en la encimera, fijándose en su aspecto. Y entonces vio la patata, si, era LA patata. La piel de esta estaba escrita delicadamente con una pintura negra, probablemente con la ayuda de un pincel muy fino. ¿Qué que ponía? Bien, en la piel de esa patata estaba escrita la declaración de amor más bonita que había visto Africa en sus 17 años de vida, mejor incluso que la de sus libros de cosas imposibles. Al leerla, se puso a reír, un ataque de risa en toda regla ¡¿Una declaración de amor en una patata?! ¡Que enamorado más loco! Y más... ¿Y más que?, pensó Africa. Si se reía era de alegría, de nervios, de estar presenciando tal cosa, en este mundo ya lleno de e-mails y llamadas telefónicas. En este mundo en el que los primeros besos han perdido su inocencia y donde solo se recuerda el romanticismo gracias a la expectación del día de San Valentín. Solo quería que esa patata fuera suya, y nada más que suya, que ella hubiera sido la inspiración de cada una de esas palabras. Y de pronto, una idea vino a su cabeza, una idea absurda, pensó, pero eso no quiere decir que lo fuera de verdad… ¿Y si esas palabras eran para ella? ¿Qué pasaría si la patata estaba en el lugar adecuado? Entre sus manos. En su corazón.
Así, locamente enamorada de una ilusión de la que no era muy seguro aferrarse, comenzó una búsqueda que duro un mes, todo un proceso de investigación ideado por una revolucionaria, una revolucionaria por amor. Y es que, si sientes eso, si tienes cosquillas en el corazón, ya sea lógico, ilógico o por una patata, tienes que ser de todo, de todo menos trapecista.
Por lo que, paso 31 mañanas de verano en el mercado, conociendo a sus gentes y las vidas que escondían detrás de sus sonrisas, conociendo sueños que se quedaron entre cajas de cartón y camiones de reparto; aprendiéndose de memoria los nombres de todos los encargados de la distribución de patatas y soñando, sobre todo eso.
De este modo descubrió que el hombre con bigote y de aspecto amable del puesto de verduras y hortalizas sí que tenía muchos sueños a medias de cumplir y otros que ni eso, como todos, pero que también, había cumplido uno del todo, el de amar. Amar a una mujer que fue su mejor amiga, su amante, su esposa, su compañera, su apoyo, la madre de sus hijos. Su vida. Y que su vida se había ido hacia dos años y siete meses con su propia vida. Y aunque parezca una historia demasiado triste para un hombre tan amable, no es así, porque tal y como le dijo él mismo a Africa en el día 27 de su investigación, entre patatas con palabras vacías, lo que vale es que una vez estuvo, que fueron revolucionarios juntos, y que se sintieron dichosos muchos días seguidos,  hasta los Domingos. Que lo que vale es que vio su sonrisa tantísimas veces que se la aprendió de memoria y que, desde que la toco, lleva su olor pegado a la piel. Que eso, las cosquillas del corazón, valen tantísimo, que nadie debería perdérselas, por breves que puedan llegar a ser. Y aquí está la explicación de nuestra patata, la que una mañana cualquiera llego a las manos de Africa y la hizo creer en imposibles. La patata que el señor de bigote y aspecto amable puso en su pequeño rincón del mercado después de escribir en ella las palabras que le dedicó una vez a su amor, y que ahora, dedica a personas, que como Africa, quieren tener cosquillas en el corazón.

(Si, va a ser él la unica persona capaz de leerla entera)

martes, 6 de septiembre de 2011

Viviendo rápido para no pensar.

Últimamente se ha aficionado a dar paseos por el parque de enfrente de su casa mientras en sus auriculares suenan canciones que llaman a gritos a todos sus fantasmas. Le gusta eso de dar rodeos para ir a todos los sitios, de perderse. Perderse en cualquier sitio. Y le duelen los fantasmas, claro que si.  Pero ha descubierto que no puede ser fuerte todos los días, y que en realidad, ser fuerte no significa no llorar o estar siempre contenta, sino que es asumir.  Y que para hacerlo, tiene que doler de vez en cuando. Hasta que ya solo pica.
Y hoy solo pica. Por él. El que consigue que siga teniendo cosquillas, y a veces aviones. Y es esa sensación la que hoy borra todos sus fantasmas. La de jugar a ser humanos, y quererse. Le quiere mucho, aunque eso a veces también duela, y de miedo. Mucho miedo. Pero hay miedos que merecen la pena, porque significan ser feliz. Y es que a veces, no nos atrevemos a ser felices.  No nos atrevemos porque aun que todos lo queramos, aunque ella lo quiera, es mucho mas fácil quedarse en el suelo rodeado de fantasmas.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Por si acaso no puedes gritar.

Dicen que las palabras se las lleva el viento, no se tocan, no se respiran. Pero se sienten, las palabras se sienten. Algunas devuelven el brillo a los ojos y a las sonrisas errantes que buscan su lugar. Otras escuecen y amargan. Tanto que al final siempre están ahí, levantándonos dolor de cabeza y abriéndonos la puerta de par en par en los días más fríos (o cerrándonosla), en esos en los que llueve fuera. O quizá no, y solo sea la humedad que tenemos pegada a la ropa, a los ojos. Sea como sea, las palabras marcan, están en los recuerdos, en las cartas que enviamos y en las que nunca llegamos a recibir. Están en la nostalgia que a veces no nos creemos más allá de las películas tristes, pero que en realidad cala nuestra piel. Y es que la nostalgia, también la curan las palabras. Que si esta duele, se llora. Se llora y ya vendrá alguien a abrazarte, con palabras nuevas. Y que si no viene nadie, tenemos palabras en las canciones. En las canciones de nuestras vidas, que siempre hablan de lo mismo y nos hacen sentir vivos. Porque si duele es que estamos vivos, y ya habrá otros días. Sera por días… Y si son muy largos, también se pueden contar de tres en tres. Avanzando, de poco en poco, o de mucho en mucho. Mirando hacia delante, y en los días de tregua, hacia atrás.  Que a mi, un boli y un papel me han enseñado a decir todo lo que no soy capaz de decir con la voz, todo lo que los ojos ya no podían llorar. Me han enseñado a echar de menos cosas que ni si quiera tenían sentido. Y me escuchan, me escuchan cuando ni si quiera lo hago yo misma. Por eso, escribo por y para mi. Para que así, no sea un revoltijo de emociones andante cada vez que salga a la calle. Para tragar los días con mas sabor.
Que me gustan las palabras, aun que se las lleve el viento y aun que sean pequeñas. Porque también, hay palabras que no se mueven, que se guardan entre páginas de libros, o aquí, o en el alma. Y así, puedes acudir a ellas para entender un poquito mejor tu mundo. Para eso existen las palabras. Para atreverse a entender el mundo.